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domingo, 3 de marzo de 2013

Ildenfons Cerdà y "L'Eixample" de Barcelona.


Ildefonso Antonio Salvador Cerdà i Sunyer (Santa Coloma de Centelles, 1815-Caldas de Besaya, 1876), fue un ingeniero, urbanista y político catalán. Fue ingeniero del estado, diputado en cortes y tratadista, pero su obra fundamental, por la que realmente se le conoce se llama Barcelona. 
Ildefons Cerdà i Sunyer

La ciudad que hoy conocemos, moderna, europea, luminosa y racional, debe su imagen en gran parte al proyecto que Cerdà redactó para su ampliación o Ensanche. Nacido en el seno de una familia catalana tradicional, curso estudios en el seminario de Vic, tras los cuales estudio matemáticas y arquitectura en Barcelona, después estudio la carrera de Ingeniero de Caminos en Madrid, ingresando en el cuerpo de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos, cargo del que solicitó excedencia en 1849. De ideología progresista, participó activamente en la vida política, llegando a ser diputado en Cortes por Barcelona en 1850 y presidente de la Diputación de Barcelona. Autor del Plan del Ensanche  de Barcelona que fue presentado a concurso en 1855, aprobado en 1858  y redactado definitivamente en 1859. En 1867 publicó su Teoría general de la Urbanización, obra en la que trabajó durante muchos años de su vida, y cuyas teorías acerca de la solución a los problemas de la concentración demográfica en las ciudades con gran crecimiento industrial ya había reflejado en su Plan del Ensanche, lo que se conoce actualmente como el Plan Cerdà.

Ildefons Cerdà nació en el seno de una de las familias  más conocidas y acomodadas de la Plana de Vic, una familia catalana típica, con arraigo y presencia en una gran finca, el “Mas Sardà”, propiedad de ciento cincuenta hectáreas que la familia Cerdà tuvo que abandonar en algunas ocasiones debido a sus ideas liberales, durante la primera Guerra Carlista (1832-1840). Anteriormente, Ildefons recibió su enseñanza media en el seminario de Vic.

En 1832, precisamente, Ildefons se trasladó a Barcelona, ciudad en la que estudió matemáticas y arquitectura, siendo su profesor el arquitecto Cellés y Azcona, en la Casa Lonja, cátedra auspiciada por la Junta de Comercio de Barcelona. Barcelona era entonces una ciudad que mostraba los síntomas de una incipiente revolución industrial, constantes huelgas obreras, población inmigrante en condiciones higiénicas deplorables, que se agravan hasta el extremo con la epidemia de cólera que asoló la ciudad en 1834. Ildefons, comienza aquí su interés por la ciudad, y por su estudio y por el urbanismo. Sin embargo, Cerdà no llega terminar estos estudios, al contrario, los abandona para trasladarse a Madrid e inscribirse en la Escuela de Ingenieros de Caminos.
  
La Escuela Especial de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid, había sido Fundada por Agustín de Betancourt en 1802, a semenjanza de la École des Ponts et Chaussées que fundó en Francia  Rodolphe Perronet en 1733, fruto de la ilustración y de la Revolución Francesa. Esta escuela había sido clausurada con la subida al trono de Fernando VII en 1813, pero la entrada de los liberales en el gobierno con Isabel II en 1833, permitió la reapertura de la Escuela, que desde entonces había sido un centro de referencia cultural y científica del movimiento liberal español, a diferencia de otros centros de pensamiento conservador, como eran las Escuelas de Arquitectura o Bellas Artes. Ildefons Cerdà cursa los estudios en la Escuela de Ingenieros, graduándose en 1841, con la tercera promoción de esta etapa de la Escuela, pasando a formar parte del Cuerpo de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos del Estado, que había sido refundado a su vez en 1835. Los años de estudio en la escuela marcaron de forma profunda el pensamiento de Cerdà.
  
Durante los ocho años siguientes Cerdà se dedicó plenamente a su trabajo como Ingeniero, dependiendo de la Dirección General de Obras Públicas del Ministerio de Fomento, que estaba involucrado en la tarea de modernizar la red de comunicaciones del Estado, bajo la tutela del aparentemente consolidado régimen liberal, construyendo una nueva red de carreteras y estableciendo una red de telégrafo óptico. En este tiempo, Cerdà adquiere una amplia experiencia como técnico, trabajando el los proyectos del plan de carreteras que hace posible el periodo de tranquilidad política que vive España, en esta década. En noviembre de 1841 Cerdà fue destinado a la carretera de Albacete a Murcia, según el proyecto formado por el ingeniero Julián Rodríguez, y más tarde al trayecto Murcia-Cartagena. En abril de 1842 se trasladó a la provincia de Tarragona para trabajar en el proyecto de carretera entre Tarragona y Mora de Ebro, y el tramo hacia el valle de Arán y Seo de Urgel. Después trabajó en Barcelona en el proyecto de la carretera entre Barcelona y Ripoll, y en marzo de 1843 fue encargado de la 7ª División de la carretera general de Valencia a Barcelona y la raya de Francia, trabajando también en los años siguientes para la  Diputación Provincial de Barcelona. Cerdá trabajo pues en diversos proyectos de carreteras, en el telégrafo óptico, aunque, como ingeniero, estaba convencido de la superioridad del telégrafo eléctrico que aún tardaría en llegar, pero no estaba ajeno a los progresos y avances que se producían. En 1844, viajando por Francia conoció el ferrocarril, que en España llegó como sabemos en 1848, con la línea Barcelona-Mataró. Cerdá sentía que las ciudades y el territorio urbano en general iban a tener que transformarse en función de los transportes y las comunicaciones, como elementos básicos de su desarrollo.

En 1849 Cerdà, tras haber contraído matrimonio con Clotilde Bosch i Carbonell, hija del banquero barcelonés Josep Bosch i Mustich, eleva desde Gerona la instancia mediante la cual solicita el retiro del servicio, aduciendo las razones del fallecimiento de su hermano mayor, su propio casamiento y también el fallecimiento de un cuñado.  El 24 de noviembre de 1849, por real orden, se admite la renuncia del destino y se hace constar que la separación voluntaria del servicio no ha de producir nota desfavorable en la buena opinión de que ha gozado durante su permanencia en el cuerpo. La excedencia de Cerdà en el Cuerpo de Ingenieros, en cuyo escalafón tenía el número 66, es la primera de la corta historia de la institución. Ildefons Cerdà, se refiere en los motivos de su renuncia a la muerte de su hermano mayor José, pero teniendo en cuenta que otro hermano, Ramón, había muerto en 1838 en circunstancias oscuras, Ildefons, tercer hijo varón, se había convertido en hereu, lo que cambia notoriamente su situación, ya que entones, como hacendado contaba con recursos económicos suficientes que le permitían prescindir del estipendio estatal, y entonces pudo dedicarse por entero a la tarea urbanizadora.

Pero la Barcelona que hasta entonces había conocido Cerdà estaba rodeada por un dogal compuesto por la muralla de Mar, las Atarazanas, el limite norte de la Rambla, la Puerta del Ángel y la de San Pedro, núcleo urbano al que se circunscribía la historia de la ciudad hasta mediados del siglo XIX, ya que además existía la prohibición de construir al exterior de la murallas, siendo esta la causa de que tanto las fábricas como los barrios de los trabajadores se construyesen el los pueblos periféricos, como Gràcia, Sants, Sant Martí o Sant Andreu.  fecha en la que tanto los políticos, los industriales y los escritores barceloneses —aun separados por otros intereses o ideologías— estaban de acuerdo en algo: era necesario derribar las murallas. Teniendo en cuenta que Barcelona era una plaza militar, hasta 1858, tuvo que ser la decisión del gobierno la que autorizara el derribo de las murallas, esto fue posible durante el Bienio Progresista (1854-1856), con la desamortización civil llevada a cabo por el primer ministro Pascual Madoz. En el año 1854 se aprobó la demolición de las murallas y ese mismo año, Cerdà fue encargado por el Gobierno Civil para dirigir una comisión que elaborase un Plano Topográfico de los Alrededores de Barcelona y estudiar el ensache de la ciudad. Cerdà presentó entonces un primer Anteproyecto para el Ensanche.

En 1858, según la Real Orden de 9 de diciembre, puso fin a la subordinación absoluta  de los terrenos del Ensanche del Ministerio de la Guerra a favor del Ministerio de Fomento, relegando a un lugar muy secundario la cuestión de las fortificaciones y construcción de nuevos cuarteles. La corporación municipal, pensando que esta Real Orden devolvía al Ayuntamiento las facultades prácticamente totales sobre los nuevos terrenos, puso en marcha la Comisión Consultiva del Ensache. Esta Real Orden concedía a Ildefons Cerdà la autorización para realizar los estudios del ensanche y reforma; el ayuntamiento pareció ignorar este hecho, al igual que, paradójicamente,  los dictámenes de una Comisión Consultiva que el mismo Ayuntamiento había nombrado al efecto; y quizás está en esta actitud de la corporación municipal el origen de la polémica que envolvió la elección del Proyecto de Cerdà para la realización del Ensanche barcelonés, y que la historia, a veces nos presenta como una lucha entre Cerdà y el ayuntamiento. En realidad existía un enfrentamiento entre la Comisión Consultiva y el Ayuntamiento, pero la realidad seguía otro camino, ya que las competencias sobre los terrenos del Ensanche correspondían al Ministerio de Fomento, y este, ya había resuelto aprobar el Poryecto de Ensanche del ingeniero Cerdà.

El Ayuntamiento de Barcelona, no quiso aceptar esta decisión, enfrascado en su polémica localista, y en esta línea optó, por un lado en que se revocara la Real Orden, así como por otro, en un pleno extraordinario celebrado en agosto de 1859, en resumen, por convocar un nuevo concurso, y remitir los mejores proyectos a Madrid, para que se comparasen con el ya aprobado, y resolver en consecuencia. El concurso convocado por el Ayuntamiento lo ganó el proyecto del arquitecto municipal Antonio Rovira y Trías, entre los catorce que se presentaron. El Ayuntamiento, la prensa y en general la sociedad barcelonesa de la época veían en este asunto una lucha entre el poder central y el legítimo del Ayuntamiento. La polémica estaba no en la comparación de dos ideas urbanísticas, sino en una de ellas elegida por la propia ciudad, y otra impuesta por el poder central, sin pensar que el autor del proyecto que propugnaba el Ministerio, no solamente era catalán, sino que fue uno de los creadores del urbanismo moderno. A veces el nacionalismo, el localismo tiene estas cosas, que casi siempre se centran en el mismo error: adorar al santo por la peana. Sin embargo, el ayuntamiento siguió pleiteando en esta cuestión, que en mayo de 1860 se vino a zanjar por un Real Decreto, de una vez por todas; actitud que sembró  para siempre una sombra de legitimidad en el proyecto de Cerdà, y que tanto llegó a calar en la sociedad barcelonesa, que incluso los constructores boicotearon esta decisión considerada como un agravio para la ciudad. Afortunadamente, en este caso, el poder estaba del lado de la razón, y, desde la distancia que nos da siglo y medio, sabemos que detrás de todo esto había además de una visión provinciana del urbanismo, la pugna profesional y política que existía entre entre los arquitectos y los ingenieros de caminos, canales y puertos, así como de los intereses de algunos propietarios directamente afectados por los terrenos del ensanche, y quizás, la propia personalidad del propio Cerdà.

Aprobado el proyecto del Ensanche, entre 1860 y 1866 Cerdà participó en el desarrollo del proyecto, así como en la realización de las obras de urbanización, como técnico facultativo del Gobierno Civil, como concejal del Ayuntamiento y como director de la sociedad inmobiliaria El Fomento del Ensanche de Barcelona. Durante este tiempo centró toda su actividad desde el punto de vista profesional y político para desarrollar sus propuestas urbanísticas del Ensanche. En 1867 publicó su gran obra, La Teoría General de la Urbanización, que pretendía ser un manual para canalizar los ensanches futuros del resto de las ciudades españolas.
El plano de Cerdà

El esquema del Plano de los Alrededores de Barcelona y Proyecto de su Reforma y Ensanche mereció, toda clase de críticas, cuyos ecos parecen no haberse apagado hoy día, y que, cualquier analista ajeno a la polémica de su origen, no podría llegar a entender.  La “cuadrícula Cerdà”, comprendía la interacción de unas calles que constituían la urdimbre y que corrían paralelas al mar, con otras que constituían la trama, normales a las primeras. Predominaban las amplias avenidas diagonales que se cortaban en la actual plaza de las Glorias Catalanas. Calles con anchura mínima de veinte metros  —doce metros en los proyectos del concurso municipal— y en algunos casos anchuras superiores, calles de la trama con treinta metros, y calles (Aragón, las Cors) con cincuenta metros, al igual que las dos diagonales. La fluidez de tráfico urbano da lugar a la idea de los chaflanes, cada uno de veinte metros, que convierten los cruces en pequeñas plazas octogonales. Las manzanas no se construían en su totalidad, sino en dos de sus lados, los otros serían jardines. La disposición de las manzanas permite la preponderancia de las zonas verdes. Estas limitaciones al volumen edificatorio, además de las reservas para equipamientos, son quizás las características más criticadas, por la cicatería municipal, y los intereses económicos de los propietarios, así como las que actualmente no nos han llegado, por estos mismos motivos, y han constituido la base de lo que hoy se conoce como la desvirtuación del Plan Cerdà.
Al error de Barcelona de no querer aceptar el Plan Cerdà se unió otro segundo a la larga: el de no respetarlo: La desvirtuación del Plan Cerdà son las modificaciones que se introdujeron posteriormente y que  lejos de significar mejoras de carácter general, fueron cambios enfocados a satisfacer egoísmos e intereses personales y particulares. En resumen, teniendo en cuenta como sabemos que las manzanas con cuadradas con vértices achaflanados, se preveía la construcción sólo en dos de sus lados, por lo común opuestos, con una profundidad máxima de 24 m., destinando el resto de la manzana a zona verde; es decir, la de la superficie de la manzana, unos 12.500 m², 5.000 m² se destinan a edificio y 7.500 m² a espacio libre, o sea, vez y media de este espacio respecto al edificable; y si la profundidad fuera la de 20 m, tal como debería haber sido según el Plan original, la relación sería de dos a uno, además, la altura máxima era de 16m, lo que permitía una gran iluminación. Sin embargo, los edificios actualmente ocupan los cuatro lados de la manzana, por lo general a 28 m de profundidad; de los 12.500 m², por tanto,  se han edificado 9.200 m² por término medio —casi el doble de lo previsto—, quedando 3.200 m² —mucho menos de la mitad de lo previsto— para zona verde. Ahora bien, el patio que queda ahora, cerrado e inaccesible, realmente no se puede considerar una zona verde. Además, sumamos el incremento de altura permitido: de 24,40 m a 27,45 m, y en algunos casos áticos suplementarios, dependiendo del ancho de la calle —20 m, 30 m ó 50 m, como sabemos—. La desvirtuación, pues, del Plan Cérdá, supone un aumento de la edificabilidad de más del 300 % sobre las previsiones iniciales de Cerdà, sin tener en cuenta las manzanas no edificables en su totalidad. ¿Qué pensaríamos de Barcelona si se hubiese respetado el Plan de Cerdà? ¿Sabíais que Haussmann, enterado del Plan, se trasladó a  Madrid e intentó adquirirlo para París y que Cerdá se negó, pues lo quería para Barcelona?

Fue tal la injusticia que Barcelona cometió con Cerdá —y a la postre consigo misma— que incluso, aunque el concurso del Ayuntamiento para el ensanche, entre las recompensas para el ganador incluía que este tendría una calle con su nombre, en el Ensanche de Barcelons, que tiene, por cierto, un acertadísimo nomenclátor fruto de la iniciativa del político, historiador y literato Víctor Balaguer que aprovechó la oportunidad para bautizar las nuevas calles recuperando la historia gloriosa de Cataluña —Pablo Clarís, Roger de Lauria, Rocafort y Enteza, Requesens, Cortes Catalanas, Diputación y Consejo de Ciento, Ausias March, Feliu de la Peña, Casanova, Villarroel, Cardona, Balmes, Aribau, Campmany, etc.—, no hubiese una para el gran creador de la Barcelona moderna. Tuvieron que pasar cien años, para que Cerdá tuviera una plaza, a la que se le dio su nombre siendo alcalde José María de Porcioles, en 1959.

No me quiero extender más en esto, que, es en si mismo un motivo —no el único, ni mucho menos— para visitar Barcelona, que aun con polémica y desvirtuación incluidas, no escapa a tener su principal imagen como ciudad moderna, unida a la visión del genial ingeniero que si no vio el futuro, al menos, lo intuyó.

Imagen actual del Eixample en los alrededores de la plaza de Tetuán.


En 1871 fue elegido miembro de la Diputación de Barcelona, una vez que se había centrado más en la actividad política. También fue designado como Vicepresidente de la Comisión Provincial y Presidente en Funciones de la Diputación, durante la Primera República (1873-1874). Redactó el Proyecto de Comunicaciones y de División de la Provincia de Barcelona en diez Confederaciones, comenzó a trabajar en el desarrollo de La Teoría General de la Ruralización. El 29 de diciembre de 1874 tiene lugar el pronunciamiento en Sagunto del General Martínez Campos, con el comienza la Restauración, y terminan, tanto la Primera República como, desgraciadamente, la relevancia política y personal de Ildefons Cerdà.

El 21 de agosto de 1876, Ildefons Cerdá se encontraba veraneando en la localidad cántabra de Caldas de Besaya, y mientras tomaba unos baños de vapor, ignorando que padecía una afección cardiaca, murió de un ataque al corazón. Algunos periódicos catalanes publicaron reseñas elogiosas, pero quiero terminar con un fragmento de la necrológica que publicó el diario barcelonés La Imprenta, en su edición de tarde del 23 de agosto: El señor Cerdà era liberal y tenía talento, dos circunstancias que en España suelen crear muchos enemigos. Por esto no prosperó como correspondía a su mérito, pero así como pasados algunos años se ha reconocido la bondad de su plano de ensanche, hoy ya en el sepulcro, se hará justicia a sus eminentes cualidades.

(Este artículo fue  publicado por primera vez en mayo de 2006)






jueves, 28 de febrero de 2013

La historia de Orton.

Transcribo a continuación, con el título "La Historia de Orton", el texto que escribió Tomás Álter para el prólogo de "Gestión de Obras", sin duda lo mejor de la obra, un texto lleno de sabiduría que demuestra un gran respeto hacia todos aquellos que nos dedicamos a construir edificios.





Orton fue un caballero de la antigüedad, elegido por su rey para buscar el árbol de la sabiduría, un árbol cuyos frutos, según la leyenda curaban cualquier clase de enfermedad a quien los comiese, lo liberaban del envejecimiento y le otorgaban la inmortalidad. El rey encargó a Orton que encontrara ese árbol, y que trajera sus simientes para sembrarlas en el huerto de su palacio, y conseguir así los beneficios que reportaban. Orton, a pesar de su juventud, fue elegido por su nobleza y su probada fidelidad, toda la corte confiaba en que había sido elegido cumplidamente para la misión encargada.

El inmaduro caballero viajó durante años recorriendo numerosos países y preguntando por tan extraordinario árbol, algunos lo tomaban por perturbado, otros para burlarse de él lo enviaban con pistas simuladas al confín de la tierra, y algunas personas, las menos, de buen corazón le decían la verdad al joven Orton: «Esos son fábulas», «No existe tal árbol», o, «Abandona tu absurda averiguación.» Pero Orton, era disciplinado y quería merecer la confianza que su rey había en él depositado y seguía buscando, confiado en llegar a encontrar el árbol maravilloso. Aun así, llegó un momento en el que casi había perdido la esperanza y pensaba ya en regresar, anunciar su fracaso y aceptar castigo si es que fuese deseo del rey imponerle alguno, amén de la vergüenza de no haber completado su misión. 
Encontrábase en oriente, después de haber recorrido cientos de leguas hacia ese viento y hacia mediodía, y haber hablado con toda clase de gente, habiéndose sumido en una desazón tal, que había descuidado su propia salud. Fue entonces cuando se topó con un anciano, que a Orton le pareció un sacerdote o un noble. Aquel hombre, al adivinar la tristeza y la pesadumbre del joven, le preguntó: «¿Qué te pasa muchacho?» El joven le imploró: «¡Oh, buen monje! ayúdame, ten compasión de mí, pues estoy desesperado.» Elam, cual era el nombre del anciano, le dijo que no era sino un maestro artesano, y le preguntó por la razón de su desesperación. Orton volvió a contar lo que cientos de veces había ya contado a lo largo de su viaje: el encargo de su rey, y la infructuosa búsqueda del árbol, y de cómo todo el mundo se había burlado de él. Elam se echó a reír, y el joven temió otra nueva burla pero no fue así. El maestro le explicó la verdad de lo que él andaba buscando, apiadándose de la pureza de su corazón, de su nobleza y en parte también de su ingenuidad. Le explicó que el árbol que andaba buscando, el llamado «árbol de la sabiduría», en realidad no era un árbol propiamente dicho, sino el nombre que los sabios le daban a la sabiduría. Era una forma de hablar entre ciertos maestros, ya que sólo el que conoce la sabiduría la puede comprender, y apelar al «árbol de la sabiduría», era una cierta clave entre los sabios de oriente. Esto, había, por lo que se ve, transcendido de forma que todo el mundo hablaba de dicho árbol como si de un auténtico árbol se tratara, pero sólo los que conocen la lengua de los sabios entienden la verdad de su significado. Los maestros y sabios le dan a la sabiduría el nombre de árbol, o de río, o de océano, según en los términos en que quieran referirse a ella. «El fruto del único árbol que yo puedo ofrecerte es el de mi trabajo y mi conocimiento, si los quieres, están a tu disposición», dijo Elam. 
Elam, no era sino un maestro constructor y estaba entonces dirigiendo la construcción de un templo. Llevó a Orton al lugar de las obras, le proporcionó un aposento, y lo puso bajo el cargo de un artesano para que fuera su ayudante y aprendiera el oficio. Elam, cuando creyera oportuno, hablaría con él, le preguntaría lo que había aprendido y le enseñaría también algunos conocimientos.

El primer maestro y tutor de Orton se llamaba Tulio, un maestro cantero, quien le enseñó a conocer los secretos de la piedra. Aprendió a extraer la piedra de la cantera, con todos los cuidados que había que tener, colocando cuñas de madera en las grietas, aprendiendo también a transportarlas. Tulio le explicó como podría encontrar y diferenciar otros tipos de piedras, las que eran más blandas y porosas o las más duras y compactas, las de más o menos precio, así como lo adecuado de cada una, para fábricas o pavimentos. Tulio parecía conocer todas las distintas piedras de la tierra, y Orton pensaba que Tulio era el hombre más sabio que había conocido en su vida, puesto que de Elam no había hasta entonces recibido muchas enseñanzas, y quedaba absorto cuando le explicaba el origen y la formación de las rocas: las que se habían formado por causa del fuego de las profundidades, las que se habían formado por la unión de distintos materiales de la tierra,  las que se habían formado por la erosión del aire y las que se habían formado por la transformación que el agua había hecho en otros elementos. Ya que la mayoría no existían en aquella región, Orton pensaba que Tulio había debido de recorrer todas las canteras del orbe en su juventud. Le enseñó a diferenciar las piedras que debían utilizarse en forma geométricas o escuadradas y las que serían toscas o irregulares para otras fábricas de mampostería, también le explicó las rocas que habría que desechar puesto que aunque parecieran enteras y sólidas, en su interior podría adivinarse una fractura. Tulio le proporcionó unos estadillos, que hizo copiar en pergamino a Orton, en los que figuraban los distintos tipos de piedra y las proporciones que debían guardar cuando fueran utilizadas. Aprendió a labrar la piedra, a sacar la montea y a utilizar la saltarregla y el baibel. Cuando Orton labró su primer sillar, Tulio le indicó que debía grabar su marca de cantero, Orton grabó una runa con la que empezaba el nombre de su madre, que volvió a grabar en todas las piedras que labró durante el tiempo que trabajó con Tulio, y después a lo largo de toda su vida.

Después trabajó con un carpintero, de nombre Danheb, quien le enseño a cortar y a ensamblar la madera, y a fabricar una cimbra para colocar las piedras que ya sabía cortar, y también a quitar las cimbras, para lo cual colocaba en las bases unos saquitos llenos de arena. Le enseñó a fabricar puertas y ventanas, y entonces Orton entendió algo más de porqué se daban cierta formas a las piedras, y que siempre se había preguntado por su utilidad, tales como aquellas llamadas gorroneras, que tenían unos huecos donde apoyaban las grandes puertas del templo, y servían para que encajaran en ellas y pudiesen girar, y otras de diversos tipos. Aprendió a cortar y a ensamblar la madera, operación para la que nunca se utilizaban otros elementos que no fuera la propia madera, como clavos o tachuelas de metal. Danheb solía decir, «el cantero sólo usa la piedra, y el carpintero sólo la madera.» Orton se ejercitó en todos los trabajos de carpintería de taller y de armar, y aprendió a cuidar y hacer sus herramientas y ataperfiles. Danheb le llevó a los bosques, dónde crecían cedros, cipreses y hayas. Le enseñó a distinguir cada árbol, y el tipo de madera de cada uno, y lo adecuado de ella. Le enseñó que los árboles deberían se cortados después de comenzado el otoño y antes de que terminase el invierno, y mejor que ningún momento era el menguante de enero, puesto que en otra época la madera está viva, y no sería muy adecuada pues al secarse tendía más poros. Le enseñó a cortar los árboles, operación que no debía hacerse nunca de una vez, sino haciendo un corte en redondo hasta el corazón del árbol, dejándolo así un tiempo, a fin de que la humedad inútil, rebosando por el sámago, impida que muera la savia y  estropee la madera. Danheb también conocía los árboles de otros reinos, aunque nunca los había utilizado, y también sabía los árboles que podrían plantarse cerca de una edificación, pues sus raíces no serían perjudiciales y los que podrían dañar a la fábrica y por tanto habría que evitar, los que conservarían el follaje en invierno y los que lo mudarían hasta la primavera. La sabiduría que Orton encontró en Danheb, le hizo dudar sobre cual de sus hasta entonces dos maestros era más sabio.

Una vez conocido el oficio de carpintero, Elam lo llevó junto a Madakeb, el maestro albañil, encargando que trabajara con él y aprendiera, a trazar muros y escaleras, a construir las bóvedas, que no se hacían de piedra, sino de materiales cerámicos, tejas y ladrillos, para que fuesen resistentes y ligeras, a trazar los pilares y los muros. Le enseñó Madakeb el espesor que debían tener los muros de acuerdo con la altura, así como las diferentes trazas de arcos, cuyas piedras ya sabía cortar, y cuyas cimbras ya sabía montar y desmontar. Aprendió fabricar ladrillos y también adobes, a colocar ordenadamente los ladrillos en los muros, gustándole mucho esta disciplina de la construcción, ya que cuando la comparaba con el trabajo de cantería presentaba la diferencia de que la piedra se adaptaba a la fábrica en orden y forma, pero cuando se trabajaba con ladrillo, todo era una cuestión de buen orden y correcta distribución que había que llevar a cabo con piezas todas iguales, lo que le parecía un ejercicio divertido. Madakeb le explicó que el ladrillo, al ser menos resistente que la piedra, debe ser dispuesto con más cuidado, y que si así se hacía bien y siguiendo las reglas de la buena disposición que el le enseñaba, podría construir cualquier fábrica, solamente con este material y que sería tan resistente como si hecha de piedra fuese. Madakeb le enseñó a trabajar la cal, desde la obtención de las piedras de cal en la cantera hasta la fabricación del material en los hornos, así como luego el cuidado de apagarla para su utilización en las llamadas bascas. Aprendió también a conocer la arena con la que hacer el mortero, y los distintos tipos de enlucidos, revocos y estucos. También conoció el yeso, como debía ser extraído y molido, y los trabajos de ornamentación que con este material podrían lograrse.

Aprendió otros oficios, como a fundir metales, a mezclar los colores y obtener pigmentos, a construir máquinas para elevar grandes pesos, a fabricar y trabajar el vidrio, a transportar y almacenar agua, a proteger las obras en invierno, a conocer las proporciones de los edificios, así como la elección de los lugares en que debían asentarse, y en éstos a distinguir los terrenos sanos y como debían ser las cimentaciones, así como la  orientación del edificio, también aprendió la ciencia de los números, la geometría y la música, a distinguir la procedencia de los vientos, y a conocer las órbitas del sol, de las estrellas y de los cinco planetas, y a calcular el tiempo por medio de relojes de sol y de arena.
Orton se sentía a gusto entre aquellas gentes, tanto como nunca lo había estado entre las gentes de su reino, ni entre los hombres de armas de los que había recibido educación ni entre los nobles a los cuales pertenecía, pues siempre le parecieron codiciosos y pasaban más tiempo dedicados al ocio que al trabajo. Al tiempo que iba avanzado en el conocimiento del arte de la construcción, el templo se iba terminando. Convivió con sus compañeros de trabajo, aprendió el respeto que los aprendices tenían por los maestros, se dio cuenta de la ayuda que se prestaban entre ellos y le sorprendió que cuando apareciera en el grupo un artesano extranjero o desconocido nunca era tratado como un extraño, sino que siempre era aceptado en el grupo como un igual. En las obras y en las canteras trabajaban numerosos esclavos, pero, salvando su condición suficientemente penosa por la falta de libertad, no recibían otros maltratos, y muchos eran manumitidos.

Cuando alguna persona poderosa de aquel país visitaba las obras del templo, el rey o un gran sacerdote o un gobernador, a los que Orton ya conocía, por el tiempo que llevaba en la fábrica y en la cantera, solamente hablaban con el maestro Elam, y Orton comprobó el gran prestigio que tenía aquel hombre en la sociedad, siendo respetado por el rey o el gobernador no solamente como un gran constructor sino como un hombre verdaderamente sabio. El maestro Elam era tan respetado en la corporación que nadie pensaba mal de Orton, aunque todos sabían que disfrutaba del privilegio de ser uno de los favoritos del maestro: si el maestro lo había elegido, sus razones no se discutían, y la verdad es que aquellos hombres, no lo discutían ni en sus pensamientos. Trabajaban siempre con alegría y orgullo, y si se equivocaban sus maestros les corregían, pero nunca les reprendían de forman vehemente o desconsiderada, sino que les enseñaban a aprender de los errores. El maestro decía a menudo «el que trabaja, tiene derecho a equivocarse,  aun la obligación de reparar el daño de sus errores.» 
Cierta vez que se hallaba el gobernador visitando las obras, no lejos de donde se encontraba la comitiva, cayeron unas dovelas de piedra, que estaban siendo izadas por un ingenio de poleas. El hecho produjo un cierto nerviosismo, y el gobernador exigió a Elam que le dijese quien era el responsable de aquel desastre, Elam dijo: «Señor, yo soy el responsable.» El gobernador no dijo nada, y nunca más se habló del incidente. Se trabajaba y se vivía en un ambiente muy agradable. Todos parecían gozar con el crecimiento de la obra, deseando que el templo fuera el mejor que hasta ahora se habría construido, incluso sabiendo que cuando estuviera terminado, tendrían que abandonar aquella ciudad, y algunos hasta podrían perder su trabajo. 
Habían pasado casi diez años cuando Elam, directamente tomó a Orton como ayudante, y además de completar su formación en filosofía y en historia, comprobó que era digno de llegar a ser un maestro constructor, cosa que Elam había percibido desde el primer momento en que se conocieron. En ese tiempo, las numerosas conversaciones que había mantenido con el maestro le enseñaron que la verdadera sabiduría tienes que buscarla en ti mismo, no en los demás. Cada día que había tenido la dicha de compartir un rato con el maestro, Orton anotaba por la noche, en un pergamino lo que este le había dicho. Supo entonces que sólo encuentra la sabiduría quien la busca, quien reconoce su propia ignorancia y de ahí parte hacia el conocimiento, siendo esta la primera muestra de sabiduría. La sabiduría pues, se puede tener desde el primer momento que uno quiera tenerla, y se deja de tener cuando se ha creído alcanzarla, y es sabio quien esto nunca olvida. Aunque también para llegar a ser sabio, es  necesario experimentar ciertas vivencias y dejarse algunas veces la piel en ellas, y aún sufrir y sortear peligros, tampoco la sabiduría es gratuita. La sabiduría se alcanza también por el corazón, por el instinto y por la confianza, por eso el hombre sabio siempre se muestra sereno y alegre. Aprendió Orton también que a la sabiduría hay que darle una utilidad, no basta solamente con alcanzarla, también hay que saber transmitirla, de forma que es más sabio en cualquier arte aquel que es capaz de impartir enseñanzas sobre dicha arte, y no tendrá su conocimiento quien no sepa trasmitirla. La sabiduría en alguna ciencia y oficio, se alcanza cuando este se comprende, no sólo cuando se sabe hacer, y es mucho más difícil transmitir la sabiduría que aprovecharla cuando se recibe. El hombre sabio no desprecia ninguno de sus actos, ni siquiera los que terminan en error, ya que de los errores también se adquiere conocimiento y sabiduría. El sabio denota menor admiración o sorpresa por las cosas que el ignorante, y esta una cualidad en la que se puede distinguir al sabio del ignorante. No se tiene sabiduría si no se tiene asimismo la consciencia tanto de lo que se sabe como de lo que se ignora. La sabiduría es el único bien que no puedes perder, y de alguna manera puede decirse que un hombre no es más que lo que sabe. No existe sabiduría dónde se desprecia la libertad y la justicia, con las que está siempre ligada.

Aprendió de aquel maestro que es mejor sabio aquel que transmite los conocimientos junto con sus experiencias, que para construir edificios había que tener una sabiduría especial, puesto que era una conjunción entre trabajo manual y trabajo intelectual, además se realizaba entre muchos hombres, todos con funciones y trabajos distintos pero complementarios, ningún trabajo era independiente del otro. No todos los sabios son constructores, pero los buenos constructores son siempre sabios.

Una vez, paseaban Elam y Orton por un páramo, y el maestro le mostró un árbol, que crecía frondoso y fuerte en aquel paraje desolado. Elam preguntó a Orton si conocía aquella especie, y Orton la reconoció como una acacia, según las enseñanzas de Danheb, el maestro carpintero. Nunca habían utilizado su madera en la construcción, aunque sabía que era de buena calidad, dura y noble, así como su muy apreciable resina de la extrae la goma, e incluso sus semillas. «Has aprendido bien el oficio», dijo Elam a Orton, y añadió, «Ahora, déjame un rato solo».  Orton se separó cincuenta pasos, y vio como Elam se sentaba bajo la acacia, haciendo meditación durante un rato. Elam llamó entonces a Orton, quien se acercó. Elam recordó a Orton el día en que se habían encontrado, y le dijo: «si algún árbol hay de la sabiduría, este ha de ser la acacia, por lo que simboliza, porque puede crecer en terreno desértico, y es difícil de encontrar, pero cuando se encuentra, se comprueba que crece fuerte y con vitalidad. La acacia es el símbolo de los maestros constructores, porque bajo una acacia como esta enterraron al maestro de los maestros, hace muchos siglos. Cada vez que veas una acacia te pido que recuerdes el ideal de justicia y fraternidad que entre nosotros has aprendido, en el poder de resistencia que tiene para sobrevivir y florecer y la tolerancia que manifiesta con las plantas que puedan crecer a su alrededor. Es el árbol emblema del paso del tiempo, ya que su resistencia hace que sea capaz de acabarlo todo. Es el árbol emblema de la belleza en todo momento, al igual que belleza tienen nuestras obras. Es el árbol emblema de la delicadeza y la fortaleza, de la luz y de la sombra. Es el árbol emblema de la libertad, porque sus hojas se pueden mecer todo el tiempo al viento, sin que el viento las destruya, porque nunca la libertad ha sido destructora, ya que sobre ella se edifica, no se daña. Ahora bien, como ya sabes, sus frutos, que todo lo curan, que hacen al hombre inmortal puesto que le harán pervivir, que le liberarán de la vejez, puesto que nunca un hombre sabio deseó ser joven, no los podrás encontrar como otros pendiendo de sus ramas, los tendrás que buscar en ti mismo, querido Orton.» Y después, tras decirle la clave de los maestros, le dijo que podría marcharse cuando quisiera a su país.

Orton se despidió de Elam, con gran copia de lágrimas que no le parecieron más de pesar que de gozo, y cuando llegó a su reino, se dio cuenta que casi nadie le recordaba. Supo que el rey había muerto, y que no tenía ya sentido presentarse ante el nuevo rey para contarle el motivo de su viaje, ni el extraño encargo de su antecesor, así como su antiguo lugar de privilegio en la corte, que ya no deseaba. Había, sin duda, alcanzado la meta que su señor le envió a buscar, pero ya no tenía sentido lo que el había imaginado en su partida: grandes honores, riquezas y privilegios que el rey le otorgaría. Ya no quería nada de eso, no sabía porqué, su orgullo juvenil y su, aunque noble, altanería, habían desaparecido, estando revestidos de modestia y humildad todos sus actos, incluso su sencilla forma de vestir, y sus nulos excesos en la comida. La parquedad y la sobriedad cubrían todos sus hábitos. Orton era ya un constructor, y no podía hacer otra cosa. Ingresó en una sociedad local de constructores, diciendo que conocía el oficio al solicitar el ingreso, y se dio cuenta que los constructores de su país se parecían mucho a los constructores de oriente, dónde él aprendió el oficio. Enseguida le aceptaron, mostrándose receptivos a sus enseñanzas, ya que conocía artes que para los constructores locales eran nuevas, y siguió aprendiendo muchas cosas, entre ellas una habla muy particular que existía entre  ellos, y que ellos decían habla «argótica», pues argot era toda habla particular de los individuos que practican el mismo oficio, y así llamaban los constructores a la lengua de germanía usada solamente entre ellos y que él antes había oído pero no comprendía, y que por eso vino a comprender como se empezó a denominar la forma de construir de su tiempo como su propia habla: arte gótica. Nunca estuvieron recelosos, progresó y llegó a ser maestro de obras y el maestro mayor de su corporación, y mejor que ninguno en el arte de dibujar y de esculpir figuras en la piedra. Viajó por numerosos reinos y vino a construir palacios y templos, enseñó a muchos jóvenes el oficio y sobre todo a distinguir entre todos los demás el árbol de la sabiduría.

Todos en un momento determinado de nuestra vida hemos querido tener un maestro, como Orton lo tuvo o como otros tuvieron a Orton, y seguramente en algún sentido o en alguna faceta lo hemos tenido, y cuando hemos estado lejos de él hemos notado que nos ha faltado algo. En realidad, es bueno tener un maestro, yo diría que es imprescindible, pero para llegar al verdadero conocimiento el maestro debe dejar que el alumno recorra el camino que le corresponde por si mismo, y que una vez recorrido, hará que se pueda convertir en maestro a su vez. Esa es la esencia del aprendizaje, de alcanzar una cierta sabiduría en un oficio. Por eso, también hay que trasmitir los conocimientos por escrito. La construcción ha sido durante siglos un arte de transmisión interna, y eso ha hecho que se mantenga una cierta pureza en las formas y en las costumbres. Pero eso no debe oponerse a que se escriba, por que lo que se escribe permanece, lo que se escribe se lee, tarde o temprano.